No es que exactamente me importe lo que la gente piense de mi. Directamente, no me importa la gente en absoluto. Ni lo que piensan, ni lo que dicen, ni como actúan ni como me mandan actuar.
No me creo nada, no creo en las religiones ni las supersticiones, no creo en las hadas ni en el amor.
Tampoco tengo esperanza. No espero mejores mañanas, ni espero que España salga adelante. No espero que la gente se arrepienta de haberme dejado de lado y mucho menos espero que la gente se quede a conmigo.
No queda demasiado dentro mío, solo odio y silencio.
Ese silencio me ayuda a reflexionar y a pensar sobre las personas, sobre su mente, como todos los seres buscan ideas y leyendas a las que aferrarse para conseguir creer en algo y seguirlo para que, así, sean capaces de encontrarle sentido a su patética vida.
Cuando una persona te promete el mundo y luego se va dejando un agujero en ti de tales dimensiones, ya no eres capaz de encontrar nada en tu interior. Dejas de creer en los Dioses y en las religiones, dejas de creer en las supersticiones y en los cuentos de hadas, en los finales felices, pero sobre todo, dejas de creer en la gente.
Así que, si me disculpáis, voy a hacerme una taza de café mientras veo como cae la lluvia mientras acaricio a mi gato y sueño despierta.
Que le den al mundo; ya no me queda nada.
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